Agradecemos a Carballo Martín et al.1 el interés mostrado por nuestro trabajo2 y la profundidad de su análisis.
En relación con la cuestión terminológica señalada, coincidimos con los autores en la importancia de emplear una nomenclatura metodológica rigurosa, y compartimos la distinción entre precisión y exactitud. El término empleado en nuestro artículo pretendía aludir a la capacidad de la prueba para discriminar correctamente los resultados positivos para fracturas de los negativos, haciendo así referencia a la exactitud diagnóstica. Por ello, reconocemos la importancia del correcto empleo de los términos a fin de aportar mayor claridad conceptual y facilitar la interpretación de los resultados y conclusiones del estudio.
En cuanto a las comparaciones entre operadores y periodos, quisiéramos subrayar que nuestro objetivo fue fundamentalmente descriptivo. Así, se señalaron tendencias compatibles con la posible influencia de la experiencia, añadiendo el valor de la p para dejar claro que las diferencias no eran estadísticamente significativas2. Sin embargo, es cierto que se podría haber expresado de forma más explícita, ya que la redacción puede dar lugar a interpretaciones erróneas si no se advierte la p o no se está familiarizado con los valores de significación de la misma.
Agradecemos especialmente la aportación relativa a las razones de verosimilitud y a los pesos de la evidencia, herramientas que facilitan la traslación de los resultados al marco de la toma de decisiones clínicas1. Con una RV+ de 8,77 y una RV− de 0,23, la ecografía muestra una capacidad consistente para confirmar la fractura, y más limitada para descartarla. Las probabilidades postest derivadas de estos valores (del 77,8% ante un resultado positivo y del 8,4% ante uno negativo, considerando la prevalencia observada) respaldan que su principal utilidad en nuestro contexto es confirmatoria, lo que resulta coherente con nuestra propuesta de emplear la ecografía como herramienta de apoyo, especialmente en situaciones de duda diagnóstica. No obstante, quizá sería conveniente matizar, que en estos pacientes con dudas diagnósticas (pacientes con sospecha clínica intermedia o alta con radiografía normal o dudosa), la ecografía tiene especial interés en estos casos cuando es positiva. Con todo, es cierto que en los casos en los que esta es negativa se debería individualizar teniendo en cuenta la clínica del paciente, y en algunos de estos casos (alta sospecha clínica) podría ser recomendable la valoración del paciente por traumatología para una toma de decisiones conjunta respecto al tratamiento. Sin embargo, consideramos que esto no se puede generalizar a todos los pacientes, ya que en estos casos la variabilidad clínica juega un papel importante.
Para finalizar, coincidimos plenamente en que la integración de modelos basados en la teoría matemática de la decisión aportaría una dimensión crítica para trasladar estos hallazgos a la práctica asistencial. Tomamos esta sugerencia como un eje metodológico fundamental para nuestras futuras líneas de investigación, con el fin de robustecer la utilidad clínica de los resultados obtenidos.
Agradecemos nuevamente a los autores1 sus valiosas aportaciones, que sin duda enriquecen la interpretación de nuestro trabajo.


