Hemos leído con gran interés el artículo «Luz solar a través de los acristalamientos del domicilio y prevención de la ictericia neonatal», recientemente publicado en Anales de Pediatría. El trabajo aborda una práctica aún frecuente en la atención neonatal: la recomendación informal de exposición solar domiciliaria como estrategia preventiva o terapéutica frente a la hiperbilirrubinemia neonatal.
Los autores aportan evidencia experimental que cuestiona la eficacia de la exposición solar indirecta a través de acristalamientos, hallazgo acorde con el conocimiento actual sobre fototerapia neonatal. La reducción de la bilirrubina depende fundamentalmente de la exposición a longitudes de onda específicas del espectro azul (aproximadamente 460-490nm), optimizadas en los sistemas modernos de fototerapia, cuya eficacia y seguridad han sido ampliamente demostradas en revisiones recientes y guías internacionales actualizadas1,2.
Consideramos especialmente relevante analizar estos hallazgos desde la perspectiva de los países de ingresos bajos y medios, incluyendo gran parte de Latinoamérica. En estos contextos, la exposición solar neonatal persiste como recomendación cultural transmitida intergeneracionalmente y aplicada principalmente en el ámbito domiciliario debido a limitaciones estructurales, disponibilidad limitada o desigual de equipos de fototerapia, saturación hospitalaria y barreras geográficas y socioeconómicas que retrasan la atención especializada.
La literatura reciente sigue destacando la hiperbilirrubinemia neonatal grave como una causa prevenible de morbimortalidad y discapacidad neurológica a nivel global, con una carga desproporcionadamente mayor en las regiones con recursos limitados3. Estudios recientes en salud neonatal global señalan que las brechas en infraestructura, acceso oportuno y educación sanitaria influyen significativamente en la persistencia de prácticas empíricas fuera del entorno hospitalario, incluso cuando existen recomendaciones clínicas basadas en la evidencia4.
En este sentido, el artículo contribuye no solo a desmontar un mito clínico persistente, sino también a abrir un debate necesario sobre equidad en salud neonatal. Estos hallazgos refuerzan la necesidad de que las recomendaciones clínicas internacionales incorporen estrategias adaptadas al contexto socioeconómico y cultural enfrentado.
Finalmente, felicitamos a los autores por abordar un tema cotidiano con rigor metodológico que resuena francamente con nuestras realidades, y por estimular una reflexión que trasciende el ámbito local, incorporando implicaciones relevantes para la salud neonatal global.


