He leído con gran interés el reciente editorial de Vázquez Méndez sobre radiología pediátrica y sus direcciones futuras1, en el que se describen avances técnicos que están transformando nuestra práctica clínica. Sin embargo, me gustaría poner el foco en un aspecto que, aunque mencionado de forma implícita, merece un énfasis explícito y constante: la priorización sistemática de técnicas de imagen con baja o nula radiación ionizante en la población pediátrica.
En un contexto actual donde la innovación tecnológica avanza a gran velocidad —incluyendo mejoras en tomografía computarizada que permiten reducir las dosis de irradiación—, existe el riesgo de interpretar estos progresos como una «licencia de uso ampliado» de técnicas ionizantes. Nada más lejos de la prudencia clínica que exige la pediatría. La infancia no es solo una etapa de menor tamaño anatómico, sino también de mayor vulnerabilidad biológica: los niños presentan una mayor radiosensibilidad y expectativa de vida, lo que incrementa el riesgo acumulativo de efectos adversos, incluidos determinados tumores, especialmente tras exposiciones repetidas2.
Frente a ello, la ecografía y la resonancia magnética no solo representan alternativas válidas, sino que en muchos escenarios deberían consolidarse como técnicas de primera elección. La expansión de la ecografía avanzada y el desarrollo de secuencias rápidas de resonancia magnética que evitan sedación no son meros avances técnicos: constituyen también un avance desde el punto de vista de la seguridad del paciente, al reducir exposiciones potencialmente evitables en la prevención a largo plazo.
Es cierto que priorizar estas técnicas puede asociarse, en algunos contextos, a un incremento inicial de costes o a una menor disponibilidad de recursos diagnósticos. Sin embargo, esta posible limitación debe valorarse en el contexto del beneficio clínico y de seguridad que aportan al paciente, prestando una mayor atención al pediátrico. Además, diferentes estudios sugieren que una estrategia diagnóstica basada en la adecuada indicación de pruebas y en la reducción de exploraciones repetidas puede resultar coste / efectiva a medio y largo plazo, particularmente cuando se consideran los potenciales efectos adversos derivados de la exposición acumulativa a radiación ionizante2. Del mismo modo, fomentar protocolos diagnósticos escalonados, en los que las técnicas no ionizantes sean la primera aproximación siempre que sea posible, puede contribuir a racionalizar recursos sin comprometer la calidad asistencial.
Probablemente convenga replantear un principio clásico de la radiología pediátrica. No basta con aplicar el conocido principio As Low As Reasonably Achievable (ALARA); deberíamos aspirar a un paradigma más ambicioso que priorice, siempre que sea posible, la evitación de la radiación ionizante y la estricta justificación clínica de cada exploración. Este enfoque resulta coherente con la evidencia disponible, que insiste en optimizar el uso de pruebas ionizantes y limitar su empleo a situaciones en las que el beneficio diagnóstico supere claramente el riesgo potencial2.
La innovación no debería medirse únicamente por la resolución de imagen o rapidez de adquisición, sino también en nuestra capacidad para proteger al paciente más vulnerable. En este sentido, la verdadera revolución en radiología pediátrica no será la máquina que mejor vea, sino la que mejor evite irradiar.
FinanciaciónEste trabajo no ha recibido financiación específica de agencias del sector público, comercial o sin ánimo de lucro.


