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Vol. 83. Núm. 2.
Páginas 142 (Agosto 2015)
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Carta al Editor
DOI: 10.1016/j.anpedi.2015.03.012
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Ébola en primera persona
Ebola in the first person
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J.J. Casero Soriano
Unidad de Neonatología y Cuidados Intermedios de Pediatría, Servicio de Pediatría, Hospital General Universitario de Valencia, Valencia, España
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An Pediatr (Barc). 2015;82:125-810.1016/j.anpedi.2015.01.012
V. Fumadó, A. Trilla
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Sra. Editora:

La doctora V. Fumadó y el doctor A. Trilla, acaban de publicar un excelente artículo, sobre la «Enfermedad por virus Ébola: un año después» cuya lectura es imposible nos deje indiferentes1. Primeramente agradecer que profesionales sanitarios de nuestro entorno, se preocupen y publiquen sobre enfermedades que no nos afectan directamente y se localizan a miles de kilómetros. Dicho artículo, constituye una detallada puesta al día de la epidemia del Ébola, desde sus orígenes hasta el día de hoy. Con gran rigor y documentación, muestra también la tragedia humanitaria que supone. Me gustaría, simplemente, aportar una perspectiva personal, como médico cooperante, que ha participado en una misión Ébola con Médicos sin Fronteras (MSF).

Como médico, salvar la vida de pacientes afectos de Ébola, supone todo un reto. Más de la mitad fallecen, incluso, tras un diagnóstico precoz y adecuados tratamientos de soporte. En el África subsahariana carecemos de terapias intensivas, anticuerpos monoclonales y sueros de pacientes convalecientes. Como pediatra, enfrentas una injusticia. Los más pequeños, son los que menos probabilidades tienen de sobrevivir. Donde se ceba la mortalidad. Como cooperante, reconoces tanto y tanto por hacer. Tanto hecho, y tanto que se hizo. Un nuevo azote para la humanidad, ahora en forma de filovirus asesino.

En estos momentos y tras mi experiencia: repito una y otra vez que lo hecho no es suficiente. Los hospitales de MSF y su personal sanitario, están desbordados. Los sistemas sanitarios colapsados. Se cierran centros de salud y hospitales. Los enfermos mueren en sus casas. No todos los infectados pueden ser aislados, ingresados y siguen propagando la enfermedad y la muerte. Al cerrarse hospitales no se atienden otras enfermedades, también graves. Se suspenden cirugías y no se atienden partos. Ni siquiera podemos garantizar el correcto funcionamiento de donde trabajamos, y nosotros mismos enfermamos y morimos, o volvemos a morir a nuestros países.

Como persona siento tristeza, rabia. Testigo de toda esta miseria que destruye tantas vidas. Sin embargo, no siempre nos mata. A veces nos roza y deja secuelas: la lágrima, el llanto en soledad y el silencio por aquellos que conocimos. Tantas personas que quedan allí. Donde hemos estado, donde hemos dejado algo nuestro, de donde regresamos. Nos abre una herida, de la que sangran impotencia y vergüenza, tan difícil de cicatrizar.

Ahora lo veo desde la distancia. Desde la seguridad que me otorga vivir en un país que me muestra el Ébola por televisión y no cara a cara. Me pido a mí mismo, por favor, no caiga en la anestesia, la catatonia, el inmovilismo de dejar de luchar. De seguir diciéndole al mundo, a mi madre, a mis madres de cada día… que a pocas horas en avión un «virus letal» se come el mundo.

Creo que no solo hacen falta más médicos, ni pediatras, ni más cooperantes. Lo realmente necesario somos las personas. Personas que ayuden a personas. Personas que entiendan que personas como nosotros, sufren y mueren cada día. Solo de esta manera seremos capaces de ayudarnos y acabar con tanto dolor.

Bibliografía
[1]
V. Fumadó, A. Trilla.
Enfermedad por virus Ébola: un año después.
An Pediatr (Barc), 82 (2015), pp. 125-128
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